Periódico ABC

Última Hora
  1. Un juez federal de Estados Unidos ha ordenado este martes que el antiguo marine arrestado por su presunta vinculación con el asalto llevado a cabo en febrero contra la Embajada de Corea del Norte en Madrid permanezca bajo custodia estadounidense de cara a una posible extradición a España. El juez también ha ordenado que se hagan públicos los documentos judiciales sobre el caso contra el detenido, Christopher Philip Ahn, de 38 años. Ahn, quien sería miembro del grupo disidente norcoreano autodenominado Defensa Civil Cheollima (CCD), fue detenido el pasado jueves por las autoridades estadounidenses por su presunta vinculación con el asalto. Los asaltantes se llevaron ordenadores y discos duros de la Embajada antes de huir a Estados Unidos, donde entregaron el material al FBI. Un representante del Ministerio de Relaciones Exteriores de Corea del Norte definió a finales de marzo el asalto a la Embajada como un «grave ataque terrorista» y advirtió de que Pyongyang está investigando si el FBI y otros grupos están detrás de este asalto. Sin embargo, Corea del Norte no llegó a culpar directamente a Washington por este asalto. Por otra parte, pidió a las autoridades españolas que realicen la investigación de una manera «responsable». En un escrito publicado en la red bajo el título 'Información sobre Madrid', y fechado el 26 de marzo, el CCD aseguró que el asalto respondió a «una situación urgente» en la Embajada, a la que fueron invitados, y subrayó que en el transcurso de esta acción «nadie fue amordazado o golpeado» y que los funcionarios fueron tratados «con dignidad» y con el necesario «cuidado». Asimismo, el grupo disidente defendió que no se utilizaron «armas» por respeto a España y, en este sentido, se disculpó con las autoridades españolas por cualquier «inconveniente» causado al haberse visto atrapadas en medio de una situación «difícil». Por su parte, Estados Unidos se ha desvinculado de este asalto y ha subrayado que el Gobierno de Donald Trump «no tuvo nada que ver con esto».
  2. Si el objetivo era convertir a los indecisos, el debate fue tan pobre que acabó sirviendo para lo contrario: convertir a los «decisos». Pero tuvo otro efecto. Las preguntas orientaron el debate hacia la izquierda. Cuando se le hace a Sánchez la primera pregunta sobre sus posibles socios y no se menciona a Bildu o ERC, se está escorando el ángulo. Se está marcando una pauta. Una pauta que continuó e incluso se agravó. Y socialdemócratas lo son todos, pero, puestos a serlo, lo son mejor los de izquierdas, y, puestos a ser de izquierdas, lo es mejor Pablo Iglesias, que además, ajeno a la gresca, impostó un tono de Padre Mundina que le benefició. El curso del debate hizo que el centrado pareciese él. Parecía decir siempre la última palabra. Esto socorre finalmente a Sánchez, que lo primero que hizo al terminar fue dar las gracias al grupo televisivo (y editorial) y a los moderadores. Sanchez empezó diciendo que no está en sus planes un pacto con Cs. Iglesias incidió en esto, en los antecedentes de Cs con el PSOE. Fijó el espacio de la alianza izquierdista, fijó a Sánchez, y además afectó un tono de moderación como si tuviera jaqueca y le molestaran las voces. Está haciendo una campaña unplugged, como los músicos que retornan o quieren dar un giro a su carrera. Aprovechando que Sánchez, Rivera y Casado llevaban la pelea a un paroxismo que no iba con él, Iglesias suplantó el tono moderado del PSOE, aunque en realidad hizo de escudero. Hacía de tercer moderador y también de guardian de las esencias de la izquierda. Cuando Sánchez quería decir algo convicente para su electorado se subía a sus argumentos como a un autobús en marcha. El debate benefició a Iglesias e Iglesias ayudó a un Sánchez que cuando embarró el terreno sintió que jugaba en casa. En Iglesias se adivinó una transformación y una nueva mirada a largo plazo. Sánchez siguió con su desfachatez y llegó a negar rotundamente los pactos con los independentistas. En los dimes y diretes subsiguientes, Albert Rivera, que prolongó también su línea del día anterior en un crescendo autopárodico (de mimetismo al "memetismo"), logró un pico cómico sacándole su tesis. «Un libro que no conoce». Sánchez respondió con el de Abascal. «Los espectadores no se merecen este intercambio de libros», protestó consternado Iglesias. Luego todos hablaban de autónomos, y él se acordaba de los riders en bici, de los taxistas, de las camareras de piso. Se distanció de los tres con su registro de locutor nocturno y de Sánchez por la naturaleza concreta de sus propuestas. El debate rozó el guirigay. La política española, convertida en un Got Talent, estaba siendo arrastrada al desorden logorreico del «debate flexible» de La Sexta -pues La Sexta era-. Iglesias marcó una diferencia acústica, tonal, que se agradecía dado que eso parecía «El Chiringuito». Hablaba de otra forma, mientras el duelo Sánchez-Rivera se hacia crónico y se convertía en algo personal. «Señor Rivera, sus votantes quieren ver a un caballero educado». ¡Iglesias era el profesor Higgins de My Fair Lady! En un remanso, Casado pudo detallar por fin su revolución fiscal y Sánchez lanzar un mensaje reconocible: «Justicia fiscal para que haya justicia social». Sánchez tiene dos registros: o la falacia o la tautología: No es no, nunca es nunca, falso es falso. Rivera, que estaba a punto de sacar una foto con su propio meme, quiso apoderarse del liberalismo entero, una manía reciente. «Somos el único partido liberal de este debate». Casado estuvo bien recordándole que él era socialdemócrata antes de ayer. Iglesias, por su parte, defendía su intervención en el mercado de la vivienda citando la Constitución. Ahora ni siquiera habla de cambiarla, solo leerla con nueva holgura. De los tiempos de la PAH a esto. Había otra forma, otro envoltorio. Iglesias adopta otra piel. En cuanto llegó lo social, Sánchez se puso a soplar la vuvuzela del «no es no» y denunció listas negras en Andalucía esgrimiendo un documento ignoto (¿Dónde está el fact check cuando se le necesita?). Rivera respondió con muerte digna. Rivera se pelea con Casado por bajar el impuesto de Sucesiones y con Sánchez por abanderar la eutanasia. Su superliberalismo desorejado (aunque estatal) completaba el retrato de la sociedad española. Casado fue más moderado y apeló a un comité de bioética. Pero tampoco dio batalla. Y puestos a ser femininistas, el mejor es Iglesias, que dice «monomarentales». «Somos cuatro hombres en este debate», lamentó visiblemente avergonzado. Sánchez aquí tocó fondo: «A nosotros sí nos preocupan las 11.000 agresiones sexuales». Es la continuación de ZP, pero sin el talante. Su rictus se hace duro, se le pone cara de malo de los Goonies. Llevados como en una encerrona a la boca del lobo , se vio que PP y Cs hablaban el mismo lenguaje que los rivales, pero lo hablaban peor. El debate se fue a un 8M donde el centroderecha será siempre (en el mejor de los casos) un invitado bajo sospecha. Ciudadanos no aspira a contradecir, pero Casado cometió un error de soberbia o ingenuidad. Las condiciones se hicieron imposibles para un debate racional. ¿Pensó de verdad que podia tenerlo y presumir encima de LIVG? En inmigración, por ejemplo, Casado recordó el efecto llamada y luego propuso un Plan Marshall, nada menos. Porque incluso cuando va bien, Casado acaba patinando por una especie de delirante grandilocuencia final de quien se debate entre ser Fraga o Hernández Mancha. Se vio al llegar a la violencia de género, Casado quiso ganar a la izquierda por socialdemócrata y se enredó relacionando el asunto con el poder adquisitivo, lo que le dio cancha a Sánchez para su numerito estrafalario y más allá del populismo (en otra región política, en otro lugar ilógico). Casado se puso de acuerdo con Rivera en la incalificable actitud personal de Sánchez, impropia de un presidente ("Sucedáneo", "trilero" le llamaron) pero luego se metió en el barro mencionando a Eguiguren con un «Usted no me levanta el dedo». Habló de «prisión permanente revisable» para los delitos contra las mujeres. E Iglesias volvió a hacerlo: ¿Sois feministas? Pues yo lo soy mejor, y además lo soy hablando bajito. La izquierda ha engullido culturalmente a esta derecha (lo que explica a Vox). Dónde mejor que una televisión privada para confirmarlo.
  3. La politología adolescente que se despacha en España saca mucho a colación los años 30. Es natural. Se ve que esos politólogos son más de tele que de libro, y la tele está todo el día con Hitler para arriba y Hitler para abajo. ¿Años 30? Todavía falta. La historia nos tiene ahora en el «cul de sac» del 17: el golpe de octubre del Prusés sería el golpe de junio de las Juntas militares (¡siempre Barcelona!), con el viento mediático de popa, y todo el mundo ahíto, hoy de Transición, y entonces, de Restauración. Pues todo el mundo, desde luego, cree falso el Sistema, pero unos aspiran a convertirlo en realidad y otros quieren hacerlo desaparecer. Por eso los fetichistas... Ver Más
  4. La teoría del voto encara numerosas paradojas (de Anscombe, de Simpson, de Ostrogorski, de Condorcet, de Alabama, de Downs, etc.) que afectan a los fundamentos de las reglas de decisión colectiva. En especial, en ciertas circunstancias la paradoja de Condorcet muestra ciclos de preferencias que impiden designar un candidato o programa político ganador. Esta paradoja constituye el talón de Aquiles de los modelos político-matemáticos, cuyo núcleo duro es el teorema de imposibilidad de Arrow, pero en la práctica es difícil encontrar vencedores que no sean Condorcet-ganador si los votantes son numerosos. También es cierto que pueden darse condiciones favorables (medidas por una especie de índice de Nakamura). Esto es, si las divergencias de los electores no son demasiado intensas disminuye... Ver Más
  5. En estos días de 1977, concretamente en el BOE del 18 de abril, se convocaron las primeras elecciones democráticas al Congreso y al Senado, nacidas por mandato de la Ley para la Reforma Política. Mes y medio antes aparecía en el espectro político un partido nuevo, la Federación Social Independiente, creado por quienes formamos parte del Grupo Parlamentario Independiente de las antiguas Cortes. Fueron muchos los comentarios periodísticos que trataban de entender la creación de un partido que no era ni partido del Gobierno ni partido de la oposición. Simplemente era fruto del convencimiento de unos ciudadanos de que muchos otros españoles, como ellos, no se encontraban en ninguna de las múltiples siglas políticas entonces existentes. El 23 de abril se... Ver Más
  6. Anda Puigdemont mosqueado por el fusilamiento virtual que ha sufrido su efigie en Coripe. Anda el prófugo reclamando que rueden cabezas políticas por ese delito tan progre al que llaman con el nombre de un sentimiento: odio. Como si los sentimientos pudieran llevar a alguien a la cárcel, algo inaudito en la historia de la humanidad que reviste de superioridad moral a quien lo denuncia y lo castiga. Y eso lo dice y lo sostiene quien ampara y estimula a los que queman retratos del Rey, o banderas que nos representan a todos. La coherencia no va con el personaje que se siente dañado por un rito que pertenece a la historia de esa España profunda que tanto odian -en... Ver Más
  7. Parece claro que el que tantos analistas dijeran ayer a Albert Rivera que había sido el vencedor en el debate del lunes -el vencedor es el que derrota al presidente del Gobierno- decidiera ayer dirigir sus disparos dialécticos contra Pablo Casado. Sospecho que eso puede haber favorecido finalmente a Pablo Casado porque al votante que quiere desalojar a Sánchez de La Moncloa no cree que la vía para eso le parezca que sea atacarse entre los que representan una alternativa. En todo caso, lo cierto es que una hora después de empezar el debate, al único al que se le notaba sudar -le brillaba el bigote- era a Sánchez. Y el sudor suele ir unido a los nervios. El debate de... Ver Más
  8. Casi cuatro horas de «debate a cuatro» y ni un minuto de «cara a cara». Una pena. Habrá que esperar a otras elecciones para que se dé el tradicional duelo entre el presidente y el líder de la oposición que se venía celebrado durante las campañas electorales con el fin de que los españoles vieran medirse a los dos candidatos que más posibilidades tienen de gobernarles en los próximos cuatro años. No hay duda de que ha sido llegar Sánchez a La Moncloa y la España a su alcance ya es diferente, desde del colchón de estreno como idea fundacional del sanchismo redentor, al nuevo CIS (Centro de Investigaciones Sanchistas), una novedosa aportación de la demoscopia de parte. Hallamos también entre... Ver Más
  9. La «segunda vuelta» del debate televisado entre los cuatro principales candidatos a la presidencia del Gobierno ofreció anoche un formato menos encorsetado, más tenso y bronco, y mantuvo un perfil más emocional en busca del voto indeciso, aún calculado en más del 35 por ciento del electorado. Sin embargo, volvió a ofrecer la imagen de un Pedro Sánchez descolocado y ajeno a lo que se juega; una pugna claramente marcada, incluso agresiva, entre Pablo Casado y Albert Rivera en busca del voto incierto de la derecha; y un cambio en la actitud de Pablo Iglesias, que trufó momentos de condescendencia humillada hacia Pedro Sánchez con críticas al PSOE para evitar la debacle electoral de Podemos. Es indudable que Pablo Casado corrigió la moderación que mantuvo en el debate de anteanoche para ofrecer una imagen más combativa y pragmática frente a Sánchez, al que no ofreció tregua, especialmente en la discusión sobre el futuro económico de España. Y también lo es que el candidato del PP quiso impedir el control del debate a un Rivera sobreactuado por momentos, de modo que las constantes interrupciones del presidente de Ciudadanos a todos los candidatos resultaron impostadas e innecesarias. Sin embargo, la superioridad argumental de Casado y Rivera frente a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias resultó abrumadora, porque la demagogia de la izquierda en materia de pensiones, feminismo, violencia de género, inmigración, mercado laboral y, sobre todo, de una idea de España, resultó muy poco creíble. La conclusión de los dos debates celebrados en televisión es que España entrará en una etapa de oscuridad política, inseguridad jurídica e inestabilidad económica si Pedro Sánchez vuelve a gobernar con el apoyo de Podemos y de los partidos separatistas y nacionalistas. Sánchez no ofreció anoche un programa de gobierno, sino una retahíla de negativas e imputaciones contra los partidos del centro-derecha acusándoles de mentir, pero sin aclarar en qué mienten. Sánchez volvió a demostrar por qué no quería debatir con la oposición y por qué necesita la coartada del ausente Vox para construir un discurso mínimamente creíble vinculando al PP y a Ciudadanos con la ultraderecha. Pero su intento fue en vano. A duras penas, Sánchez se limitó a leer datos precocinados sobre educación, inmigración, pensiones o mercado laboral para combatir la acusación de que adolece de un proyecto útil para España. Sin embargo, salió beneficiado de la constante discusión a la que erróneamente se sometieron Casado y Rivera en momentos determinantes del debate, porque ponían de manifiesto la fractura de la derecha y su desesperada necesidad de conquistar votos indecisos. Por morboso que pueda resultar, simplificar la conclusión de los debates en busca de un ganador y de un perdedor resulta artificial a estas alturas de campaña, por más relevante que fuera la imagen que transmitieron los candidatos. No obstante, si Rivera ganó el primero de los debates, ayer Casado se antepuso a los demás con intervenciones muy solventes y contundentes. Y más allá de las percepciones subjetivas que puedan producirse y de los análisis que se realicen previos a las urnas, lo relevante es la evidencia de que la izquierda tiene un proyecto destructivo para la unidad de España tal y como fue concebida en la Constitución de 1978. De hecho, tanto el PSOE como Podemos defendieron un proyecto «plurinacional» que oculta la voluntad de romper la soberanía nacional, mientras el PP y Ciudadanos reafirmaron una idea de España basada en la convivencia y la lealtad a la Carta Magna. Por lo demás, el debate estuvo viciado por una moderación periodística desigual que por momentos pareció salir al rescate de Sánchez cada vez que se encontraba en apuros, que fue a menudo. La orientación de muchas de las preguntas que se formulaban tenía un sesgo ideológico para favorecer a Sánchez que resultó sospechoso. Aun así, tanto Casado como Rivera supieron contrarrestar con eficacia los excesos de un debate que prometió ser modélico, pero que a la larga mantuvo un tono tendencioso y poco imparcial. Sánchez volvió a demostrar por qué España no merece que vuelva a repetir como presidente del Gobierno, y menos aún si es con Pablo Iglesias en su gabinete, tal y como el líder de Podemos volvió a mendigar ayer en público y sin rubor alguno. Es mucho lo que se juega España el próximo domingo. Tanto, como impedir que esta izquierda sectaria y sin más principios ni valores que el odio a la derecha llegue a sumar más escaños para una investidura de Sánchez.